El sol gallego despierta sin prisas sobre los tejados del casco histórico de Ourense. Tras dejar atrás tantas leguas de moscas de la fruta, caminos, senderos y asfalto, hoy el cuerpo pide tregua. La expedición —una peculiar alineación de almas marcada por los peregrinos de Carrión de los Céspedes, el arraigo de Castilleja del Campo y este humilde cronista de Huelva, choquero de alma pero nacido en Castilleja— amanece al fin con el lujo incalculable de no mirar el reloj.
A pocos pasos del piso turístico, un solitario bar sirve de escenario para un desayuno pausado: café humeante, pan crujiente y tostadas que saben a gloria reconquistada. No hay mochilas a la espalda ni zapatillas que ajustar. Hoy solo hay descanso.
Un taxi nos traslada suavemente hacia las orillas del Miño, destino a Outariz y las termas de Burgas de Canedo. Ourense, la antigua Aqua Ourense de los romanos, lleva más de dos milenios regalando agua caliente desde las entrañas de la tierra. Aquellos legionarios del Imperio ya buscaban en estas fuentes la sanación de sus achaques de campaña, exactamente igual que estos ocho peregrin@s del sur.
El vapor asciende sobre el cauce del río mientras os sumergís en las piletas termales. El calor de las aguas mineromedicinales obra el milagro: los gemelos agarrotados se aflojan, las plantas de los pies se calman y el cansancio acumulado se disuelve entre el susurro de la vegetación que rodea el recinto. Hay risas, anécdotas compartidas sobre los tramos pasados y un silencio reconfortante que solo conocen quienes han compartido camino.
De vuelta al piso, la tarde exige cumplir con la tradición más sagrada del caminante: una siesta reparadora, profunda y sin interrupciones.
Con las fuerzas renovadas, el atardecer marca el momento de extender los mapas sobre la mesa. Entre Castilleja, Carrión y Huelva se trazan con precisión militar los perfiles de la jornada siguiente. Quedan las dos etapas finales, el último empujón hacia la ansiada meta. Una cena ligera —para no sobrecargar el estómago— pone el broche a una jornada perfecta. Las equipaciobes aguardan en el recibidor, limpias y dispuestas; la mente y el cuerpo, listos para volver a rutear al alba.
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