He recorrido muchos paisajes, pero pocos me producen la calma y el asombro que me regala el Campo Común de Arrida. Desde el camino de Castillejo, la vista se abre como un mosaico de pinos y monte bajo que respira equilibrio. Las arenas compactas, entre doradas y ocres, sostienen un tapiz vegetal de romeros, jaguarzos y lentiscos que dan al aire un perfume resinoso, casi medicinal.
Pedaleando por este camino con mi bicicleta de gravel, cada tramo es una lección de ecología aplicada. El firme de tierra bien drenada, la pendiente suave y el mantenimiento natural del camino lo hacen idóneo para rodar: ni el barro se encharca. La naturaleza parece haber diseñado este trazado pensando en la suavidad del pedaleo y el diálogo entre esfuerzo humano y entorno forestal.
Desde ciertos claros se distinguen las suaves ondulaciones del pinar, un paisaje que combina producción maderera sostenible, regeneración natural y biodiversidad discreta. Aquí el tiempo se mide en años de crecimiento, en silencios que invitan a detenerse, a dejar que la bicicleta repose y los sentidos trabajen.
Este tramo no es solo un camino: es un premio que la naturaleza concede a quienes saben rodar despacio, mirar con atención y respetar lo que pisan. Cada pedalada por el Campo Común de Arrida me recuerda que la naturaleza no se limita a manejar recursos, sino a comprender su belleza y saber devolverla en forma de gratitud.
En esta ruta acompañé a Juan Manel Muñoz y Javier Ordieres que son dos compañeros excepcionales en mis rutas de gravel! Compartimos kilómetros inolvidables por los caminos de Huelva y la Sierra, donde su pasión ciclista se nota en cada pedalada entusiasta y en su habilidad para elegir los mejores trazados. Su buena compañía, y apoyo mutuo, hace que cada salida sea una agradable y plancetera aventura.
L, García
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